¿Para qué nacería Jesús?

► Mons. OVIDIO PÉREZ MORALES: Navidad es misterio de luz para disipar las tinieblas; de vida, para destruir la muerte

Publicado el 25/12/09. a las 7:04 am
Fotocrédito: U&O - Edicion Diciembre 2009 - Raul Azuaje

Una difusa herejía en los primeros tiempos del cristianismo fue el llamado docetismo (del griego dokein, aparecer).

Producto de un racionalista respeto a la divinidad y de un espiritualismo extremo, negaba la corporeidad o, mejor, la humanidad de Jesús.

¿Conclusión? Jesucristo, Hijo de Dios, no tuvo sino un cuerpo aparente.

La encarnación (realidad misterio capital del cristianismo) quedaba así diluida, negada.

Y con ello, la integralidad, el realismo de la fe, según la cual el "verbo (logos, palabra) se hizo carne", como afirma el prólogo del Evangelio de Juan (1, 14).

El docetismo, ligado a corrientes gnósticas y luego al maniqueísmo, representaba una incursión radicalizante del pensamiento helenístico dualista.

Trataba erróneamente de resguardar lo divino frente a la materia.

Según una tal posición, Cristo, que entraba en la esfera de lo divino, no podía haber tenido un cuerpo; por consiguiente, todo lo relativo a su concepción y nacimiento, a su trajinar evangelizador, a su padecer y morir, era pura apariencia.

Revestimiento teatral. La maldad de lo corporal (materialidad) no podía inventariarse, en modo alguno, en el "curriculum vitae" del Señor.

En la acera contraria del doceta, se ubica, sin duda alguna, Francisco de Asís, el artista del pesebre, quien entendió bien la enseñanza del evangelista Juan:

"Tanto amó Dios al mundo que dio a su hijo único" (Jn 3, 16), así como lo enfatizado por Pablo, en su carta a los gálatas: "Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su hijo, nacido de mujer" (4, 4).

¿Qué otros vocablos pudieran sinonimizar el término encarnación? Teniendo presente que carne en este contexto significa ser humano en su integralidad, en su condición terrena, temporal, mortal, se podrían utilizar como sinónimos: humanización, historización, inculturación y otros semejantes.

El Cristo Jesús, que hace visible al Dios-Amor, nos introduce a los humanos al encuentro vivo con la divinidad, y reconcilia todo alejamiento nuestro.

Lo que en el pesebre representamos, siguiendo el ejemplo del poverello de Asís, es el maravilloso acontecimiento de que Dios se hace historia, cultura, mundo y, por cierto, de un modo maravilloso: asume lo más pobre y sencillo, lo más humilde y marginal, y se acerca así a quienes sufren el dolor, la miseria, la tragedia humana.

Por eso no nace en la casa del César sino en una simple gruta.

Pronto habría de correr la suerte de los exiliados, más tarde la de los enjuiciados y, finalmente, la de los ajusticiados.

Se hizo en todo semejante a nosotros, menos en el pecado, es decir, en lo que daña en profundidad al ser humano.

Quien nace niño en un pesebre es el Hijo de Dios historizado, quien no se aferró a su condición divina ¬como dice Pablo en su carta a los cristianos de Filipos (2, 6-11)¬, sino que se "desapropió" (asumiendo una kenosis o vaciamiento) de esa condición, haciéndose obediente a Dios y servidor nuestro, hasta morir en la cruz.

Pero Dios lo ha exaltado, otorgándole "el nombre que está sobre todo nombre".

Navidad es misterio de luz para disipar las tinieblas; de vida, para destruir la muerte; de esperanza, para disipar el miedo; de paz, para marginar la indiferencia, el enfrentamiento, la guerra.

Es cercanía del Hijo de Dios, que se hace ser humano, para que nosotros seamos de verdad hijos de Dios. Y, por consiguiente, hermanos los unos de los otros.

Dios se hace historia nuestra, para que, desde ésta, hagamos historia con Dios. El Nacional 24.12.09